Carlitos entró excitado y corriendo a su casa de la calle Alfonso Ugarte en Sullana, una bella ciudad del norte del Perú. Buscó a su mamá Tarcila que en ese preciso instante se hallaba cocinando un plato de cau cau (vísceras de estómago de res en guiso), el plato preferido de él. Y le dijo, mamita debo decirte un secreto, Don Pedrito es un Santo. Su mamá sonriendo le dijo ¿por qué? Y el niño de apenas 11 años le dijo, mamá tú conoces a mi amigo Eddy y yo te había contado que su mamá estaba muy grave en el Hospital de Sullana, prácticamente estaba desahuciada. Pues yo estaba desesperado por la angustia de mi amigo por la cercanía de la muerte de su madre. Y un día caminando me pregunté. quien es un hombre bueno, quien no hace daño a nadie, quien no molesta a las personas. Pues Don Pedrito, no había otro. Y me arrodillé en mi cuarto a la hora de dormir y le recé con todo fervor y le pedí a Don Pedrito que interceda ante Dios para que se cure la mamá de mi amigo...continuará
sábado 13 de junio de 2009
miércoles 4 de marzo de 2009
CUENTO CORTO : NOS HUBIÉRAMOS CASADO TANTO - A.GUERRÓN O.
Mi familia y yo éramos felices. Teníamos una vida muy simple. Mi esposa se dedicaba al cuidado del hogar y mis dos hijas iban al colegio a la primaria elemental. Las veía crecer y su alegría contagiaba a todos los rincones de la casa. Mi rutina era, de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa. Yo siempre he sido huraño para las reuniones, me considero un gregario familiar reducido a la mínima expresión. En nuestra vida no pasaba nada extraordinario excepto que la sagrada familia se iba entronizando en nuestras cuatro paredes debido a los pocos errores que cometíamos y que nos esforzábamos por subsanar. Me casé muy enamorado y cuando nacieron mis hijas, yo que soy un abstemio inveterado, celebré con unas peas vikingas. Ser padre era lo máximo. Cuando mirábamos hacia atrás recordábamos solo felicidad. El presente efímero era feliz y fugaz. Y el futuro lo avizorábamos también con una pantalla virtual de felicidad. Estábamos acorralados, no teníamos escapatoria. Seríamos felices. Cierto día, caminaba por el mercado central de Lima, al mediodía, a la hora de mi refrigerio. Y ocurrió que alguien tocó mi hombro y me dijo, hola Alberto, qué gusto de verte. Era María, una antigua amiga (en realidad era una ex-enamorada) y me sorprendió. Hacía 15 años que no la veía y la reconocí. Había subido de peso y se mantenía bastante guapa. Hola María, también para mí, es un gusto verte. No sabía que estabas en Lima, le dije para ser cortés, pero en realidad nunca me interesó ese dato. Ella me dijo, yo si me enteré que tú vivías en Lima, que te casaste. Y que… ¿eres feliz? La pregunta me sorprendió, no tuve tiempo de inquirir porqué la pregunta y le contesté, convencido, por supuesto. María me dijo, me casé, tengo dos hijos de 7 y 9 años, y me va más o menos, dijo resignada. Yo estaba apurado, tenía que ir a hacer una gestión de mi trabajo y aceleré la despedida. María, le dije, que te vaya bien siempre. Ella se acercó, me dio un beso en la mejilla y me dijo algo ruborizada, casi como un reproche, Alberto, nos hubiéramos casado. ¿No? Y nos separamos otra vez para nunca. Continué viviendo mis horas felices y en la noche recordé este encuentro y pensé, nos hubiéramos casado, hubiéramos tenido dos hijos, esa otra vida juntos hubiera ocurrido. Nuestros hijos estudian en un colegio marista, tenemos unos vecinos muy amigables y los domingos acostumbramos visitar a sus familiares, sus hermanas, o alguna prima de ella. Nuestra agenda social es bastante recargada. Hemos empezado a teñirnos el pelo porque a los años se les ha ocurrido, nunca tan inoportunamente, decolorarnos el cabello. Mi trabajo es agitado, estresante. Soy un médico anestesista y mis colegas cirujanos me confían el anochecer y el amanecer de sus pacientes. Mi esposa administra un negocio nuestro, un restaurante y nos va bien. El tiempo se pasa volando. Siempre hay personas que me comentan, doctor que increíble, ya estamos en julio ¿no? y ni nos hemos dado perfecta cuenta. Luego prosiguen con su cuenta mensual, agosto, setiembre, octubre y ya casi se acaba el año. Finalizan con su frase, este año se ha ido volando. Yo les digo, como para ironizar, sí pues el tiempo se pasa volando, el año pasado a estas alturas todavía estábamos en marzo. Mis hijos se casaron, nos han dado 4 nietos. Me he jubilado con poco júbilo y un consultorio de experiencia con todo lo que recuerdo de la medicina son mis cuarteles de invierno. Mi esposa ha envejecido, lo guapa no se le ha ido. Un lunes he ido al barrio chino del centro de Lima y mientras compro un minpao y un vaso de chicha de maíz morado, escucho a una pareja que conversa. Están festejando, se sonríen. Escucho que se cuentan que se casaron cada uno a su manera, que son endemoniadamente felices cada uno también a su manera. Él la ha invitado a comer al lugar en donde estoy degustando comida china. Y cuando se despiden, escucho lo imposible. Recién caigo en cuenta que me estoy olvidando de olvidar. Ella le dice, casi como un reproche, Alberto, nos hubiéramos casado. ¿No?
CUENTO CORTO : PAN Y CARTA - A GUERRÓN O.
Varias veces deben haberme visto. Yo soy el chofer del taxi tico amarillo que se estaciona cerca de ese promontorio a la vera del camino en los linderos de la urbanización. Acostumbro estacionarme allí después de almorzar para descansar algunos minutos. La primera vez que la ví quedé deslumbrado, su sonrisa, su desenfado, la manera tan educada de desdeñar al mundo, sus curvas impresionantes (¡y yo sí conozco de curvas¡). Su mirada sin horario, su pelo bronco, espiralado, con el color de la cebada madura. Me bastó con mirarla y ella ni cuenta se dio. No me interesaba, mi equipaje estaba completo con ese momento de ensoñación. Pasaron varios días y no pude quitármela de la cabeza, la recordaba, su mirada me buscaba. Antes de siete días volví al lugar y me detuve, salí del auto y allí estaba. No creo que me estuviera esperando, debía tener muchos admiradores y a mí ni me conocía. Yo no sabía su nombre y no era necesario. Por ahora era importante ser anónimos. Exacerbaba mis sentimientos. Cuando me dí cuenta, regresé antes de los tres días. Los plazos se acortaban y me parecía, sino extraño, por lo menos preocupante. Me comenzaba a hacer falta. Allí estaba ella, desafiando a la luz, su cuerpo ondulaba como un suave sismo, y su piel empezaba a cobrar el mejor tono cobrizo. La ví, procuré que no se diera cuenta de mi asedio, me hice el que miraba a otro lado, pero como deseaba voltear y no me importaba que ella se enterara que yo era uno de sus más rendidos admiradores sino el totalmente rendido. Continué trabajando porque no se puede vivir del amor. Seguí yendo a mi casa, abrazaba a mis hijitas, le hacía el amor a mi esposa pero ya no era lo mismo. Ese placer estaba en otro lado. Yo estaba enamorado de ella. Para todos, uno sí se puede enamorar varias veces. A mí me estaba pasando y como a la mayoría, ya no me interesaba mi hogar. Estaba dispuesto a perder todo para ganarla a ella. Seguí mi rutina y ahora me sentía con nuevos bríos. Ahora tenía una razón muy bella para vivir y comprendía a los lacerados por Cupido. Ella era todo para mí, me despertaba y quería ir a verla. Por supuesto no era posible, había que ganarse el pan duro de cada día. El día anterior no sospeché nada. Fui a verla, estaba imponente, en ese momento ella podía hacer lo que quisiera con cualquiera. Ella tenía ese poder omnímodo. Se lo había ganado por aclamación. Sus ojos no me advirtieron de nada. A pesar del futuro que no adiviné, deleité mi avanzada miopía con sus rasgos faciales y su perfil sin defectos. Me puse con el viento a mi favor y estoy seguro que hasta la olí. Quise tenerla entre mis brazos. Al día siguiente acudí al lugar porque ya no podía vivir sin ella. Nos despedimos sin explicaciones, sin líneas sin cartas. Alguien había quitado el letrero.
CUENTO CORTO : CON EL SUDOR DE TU FRENTE - A.GUERRÓN O.
A Felipe, era fácil encontrarlo, con su cara de circunstancias, sentado -casi con un horario fijo, mañana y noche- a la derecha del mostrador en la tienda de Don Alberto. Vivía en la calle Ugarte en la ciudad de Sullana, una hermosa localidad del norte del Perú, apenas a una cuadra de aquella tienda. Era amigo de los hijos de Don Alberto, Wilmer y Miguel. Ellos lo habían recibido hace por lo menos 6 años como un habitúe que luego se transformó en parte del ornato de la fonda. Se diría que Felipe era una estatua que había cobrado vida. Los hijos de don Alberto aceptaron su presencia como la cuota de solidaridad con el prójimo que todos debemos pagar cada día. Felipe se sentaba a las 10 de la mañana y servía para conversar, para ayudar a que pasen las horas y para hacerles bromas a otros pasajeros de la tienda. Luego, a la una de la tarde se iba a almorzar, y tomaba la siesta de rigor. Yo debo tener sangre española decía, porque uno de los mejores inventos del mundo es la siesta. Te ayuda a reponer fuerzas del trajín de pensar, de vivir. En la noche regresaba a su puesto de centinela en el mostrador. Parecía un supervisor y los dueños lo aceptaban así. Felipe había sido víctima de una broma bastante pesada por parte de Miguel, cuando recién comenzó a llegar a la tienda de Don Alberto. Miguel era un buen muchacho pero criollazo y pícaro. Un día Miguel estaba como burro en primavera después de ver a unas chiquillas en hot pants que - descaradamente le habían coqueteado y se habían dejado manosear para ganar algún regalo de su parte - habían ido a comprar chocolates y el falo le incomodaba, así que se lo acomodó para el costado izquierdo y se acordó que tenía el bolsillo agujereado en ese lado de su pantalón blue jean. Se acomodó el falo pétreo dentro de su bolsillo y hacia arriba, aprovechando el agujero. Y se le ocurrió una broma bastante cruel, para ello se mojó las manos con kerosene, artículo que él también vendía. Luego llegaron dos amigos de Manuel que ya sabían de la broma y esperaron a que venga algún incauto pero conocido. Y para su mala suerte se apareció Felipe. Miguel le dijo, Felipito, házme un favor, sácame de mi bolsillo izquierdo las llaves de la vitrina porque estoy con las manos con kerosene. Y Felipe obedeció. Introdujo su mano y agarró un ser viviente y lo soltó enseguida ante la risotada de los presentes. Y le dijo Miguel, no te juegues así, préstame el baño para lavarme. Felipe no tenía oficio conocido, ni beneficio decían las señoras chismosas, que como todos sabemos son las notarios en los pueblos chicos. Las personas comenzaban a murmurar y le preguntaban a Felipe su horario de trabajo por incomodarlo pero con él no era. Sus amigos le aconsejaban, Felipe ya debes trabajar, tienes 28 años y debe ser incómodo pedir incluso la comida en tu propia casa si es que no trabajas. Felipe les decía, disculpen pero yo a ustedes no les pido nada porque se erizan. Por supuesto el primero de mayo lo veían y lo felicitaban, con un, Felipito déjame darte un abrazo sobretodo a ti, he venido de lejos solo para rendirte homenaje por el sudor que riegas y que sirve para fertilizar nuestros campos. Se escuchaban los discursos más creativos y propicios para la risa y para pasarla bien. Era la oportunidad para la chacota, la chanza. Y él, impertérrito, sonreía como burlándose de todos. Cuando habían huelgas le decían, Felipe, se han olvidado de asesorarse contigo, tú que eres el experto en esos menesteres por tu declarada huelga indefinida. Pero Felipe ni se inmutaba, hacía de cuenta que hablaban de otro. Un día llegó a la tienda el rumor de que en la carretera a Querecotillo por la curva del cerro La Nariz del diablo, y a las tres de la madrugada, se había aparecido un fantasma de mujer a una pareja de enamorados. Los había asustado tremendamente pero después les había indicado un lugar para una excavación. Y al hacerla habían hallado unas joyas de oro que los sacó de pobres. Ese día en la tienda a nadie le interesó el rumor excepto a Felipe. Lo escuchó atentamente y puso en práctica un plan. Consiguió dinero para contratar a un taxista y un miércoles a las 2 de la mañana decidió ir en busca de fortuna. Paró a un taxista y lo contrató para ir a ese sitio. El taxista lo vió con cara de gay, porque siempre llevaba parejas a ese lugar solitario y no a un hombre, y para aclarar el tema le dijo amigo, yo respeto las preferencias personales pero esa nota de arrumacos entre hombres no va conmigo. Felipe se sorprendió de la suspicacia y luego se río. A continuación le dijo al taxista, no, no pasa nada, solo quiero el servicio de taxi. Así que acordaron el precio por una carrera ida y vuelta, que no era poco porque el sitio quedaba a 15 kilómetros de Sullana y la hora era especial. Iniciaron el recorrido y después de unos minutos llegaron a la curva. El cerro La Nariz del Diablo no era tan alto pero al recordar su nombre se persignaron y lo vieron imponente. Felipe le dijo al taxista, espérame unos 15 minutos y luego me llevas de regreso. Se armó de valor porque era conciente de que él valía muy poco, y se adentró hacia la oscuridad. Sacó un rosario de su bolsillo y lo cogió con las dos manos. El viento ululaba glacial, la noche era lo suficientemente oscura como para amedrentar a los más valientes y Felipe no era propietario de esa virtud, así que sentía escalofríos por cada paso que daba. Y de pronto algo se movió entre unos arbustos y salió despedido. Se movieron las ramas y liberaron a una pareja de buhos que habían sido distraidos en su romance melánico. Alzaron vuelo y se perdieron. Felipe resopló y agarró fuertemente el rosario. Avanzó con más cautela, y en la oscuridad se imaginaba formas pero no había contacto. Continuó, tropezó con algo y cayó al suelo. Tocó a tientas y reconoció el esqueleto de algún animal o de un humano. No tuvo tiempo ni la valentía para disipar la duda. Sudaba frío y estaba a punto de rendirse. Se incorporó y caminó unos pasos y de pronto en el horizonte cercano que marcaba una hondonada vió un resplandor y vió elevarse una especie de sotana blanca que se paró frente a él como a unos diez metros. En la oscuridad de la capucha que dominaba la sotana le pareció ver a una mujer muy triste. Y de pronto escuchó: Feliiiiipeeeeee, a quéééé has veniiiiiido. Felipe antes de desmayarse tomó aliento y le dijo, Animita, anini mimita, quiero plata, dinero. Y el espectro, como son los de su especie, que todo lo saben, le dijo, Trabaaaaja Feliiiiipeeee.
CUENTO CORTO : JUGADA SUCIA - A.GUERRÓN O.
Raquel había perdido la vergüenza y no recordaba donde la había dejado. Toda su familia apuntaba a que era en alguno de los casinos que frecuentaba compulsivamente. Pero ella decía no, fue mucho antes y no fue en un casino. Simplemente no recordaba y no le interesaba precisar donde enterró el recato. Su hogar se había destruido, el gran culpable era su esposo, violento por devoción y casi sádico por vocación. Sus hijos ya no estaban. Raquel no se diferenciaba en nada de una gran ama de casa sino porque inició sus vericuetos, que después se enredaron y la atraparon, en un garito. Las luces, la musiquita, el humo de tabaco que la asfixiaba, la posibilidad de entablar conversaciones con desconocidos y asesorarlos, sobretodo cuando se le acababa el dinero y no quería irse. Darles confianza y poco a poco transformarse en una mujer deseada; sentir que podía manipularlos e incluso llegar a recibir dinero de algunos y agradecerles con un beso, que ellos reclamaban con el pensamiento y que ni siquiera se lo pedían. Ella tomaba la iniciativa, les agarraba sus manos y sentía sus tremores sexuales. Cuando entraba al casino su sangre le hervía, era saludada por casi todos, el pulso se le aceleraba y los elásticos de su ropaje se le aflojaban. Ella reía y decía, si supieran en mi casa, en la vampiresa en que me he convertido. Permitía que algunos, solo dos en especial, se le acercaran y la tocaran, la manosearan, le hablaran al oído. Don José y Carlos eran su reserva de inmoral para cuando se quedara sin dinero, que era casi siempre y bien rápido. Su esposo permitía que fuera sola y ella le pagaba con solvencia, con la mayor deslealtad. Siempre acordaban una hora determinada para que su esposo la fuera a recoger, ella lo llamaba por celular y estaba pendiente de su llegada para retirarse discretamente de sus amantes y recibirlo con cariño. Soy la muerte, decía y sonreía. Cada vez perdía más y más dinero, el que ganaba su esposo, el que le enviaba su hijo, el que ganaba ella. Mentía, decía que siempre ganaba, y alguna vez inventó un secuestro y robo para justificar la pérdida de una considerable cantidad de dinero. Y se engañaba diciendo que ella controlaba cuando quisiera esa afición. Se justificaba diciéndose que cuando sus hijos fueron pequeños se dedicó enteramente a ellos y que ahora ya podía dedicarse a ella. No supo en que momento perdió el decoro con Don José. Con Carlos había sido solo fiereza y descontrol. Un día a las tres de la mañana, ella iba a los baños del casino, y sintió que Carlos la jaló y la poseyó como toda mujer hubiera querido, con un deseo inconmensurable. Carlos tenía un taxi. En él la llevaba a la playa y ella se vendía por 50 soles y se convertía en su esclava por media hora. Un día su esposo no pudo ir a recogerla y le comunicó este detalle por teléfono. Fue suficiente, jugó hasta la plata del taxi de regreso y cuando se quedó totalmente huérfana de dinero, se le acercó a Don José y le dijo Pepito, putescamente, a qué horas te vas. Don José le dijo, contigo adonde sea y a la hora que quieras. Coquetamente le respondió, ya pues, Pepito a que hora nos vamos porque me he quedado misión imposible (en Perú, es una forma de decir que no tienes ni un cobre). Pero me hubieras dicho pues Raquelita, toma 50 soles para que juegues un rato más. Pero y si viene tu esposo, inquirió Don José para tener más datos. Ella, para excitarlo dijo la verdad, le expresó hoy día no va a venir, está durmiendo. Don José le dijo, qué desperdicio, con una mujer como tú, yo ni dormiría. Ella se sintió halagada. Se pidieron dos tragos y dos más para entrar en calor. Fue a comprar fichas de juego y Don José le dijo, Raquelita, mi amor, ven a mi lado porque tú me traes suerte. Ella obedeció. Ahora eran un tándem. De pronto Don José ganó, la máquina se iluminó y empezó la fanfarria del vómito feliz. La máquina lanzaba desaforadamente fichas, fueron 900 nuevos soles y Don José aprovechó para decirle, ya ves Raquelita, tú me traes suerte y la abrazó, y la besó y ella se dejó besar y luego lo apartó. Luego Don José le dijo, voy a compartir mi ganancia contigo porque es justo. Toma 200 soles para ti. Pero Raquelita, quiero pedirte algo, vamos a celebrar, aquí al costado hay un snack bar bien discreto. Ay Pepito, tú sabes que soy casada, como me pides eso. Don José, que ya tenía los espermatozoides en el cerebro, le dijo, pero si solo vamos a tomar unos tragos. Está bien, dijo Raquel, pero primero salgo yo y te espero. Raquel salió a lavarse las manos. Y salió del casino, luego caminó hacia el bar y se sentó en una mesa. Pidió un trago. Llegó Don José y le dijo vamos al tercer piso, porque allí funciona una discoteca. Tenemos 700 soles para celebrar nuestra buena suerte. Raquel se dejó tomar de la mano y apoyó su cabeza en el hombro de Don José. El la besó tiernamente. Cupido los había atravesado. Si en el mundo hubiera que buscar el amor, allí estaba. Subieron al tercer piso y el lugar tenía una parafernalia de caverna y con poca luz. Raquel apagó el celular, sabía que había cruzado el Rubicón hace rato. Bailaron una salsa y ella le movió infernalmente las caderas, él estaba excitadísimo. Luego bailaron una balada y ella sintió el falo de Don José que pugnaba por abrirse paso de su pantalón. Y sintió su erección como preludio de un orgasmo. Hace tiempo que con su esposo no sentía ese tipo de pecados. Don José la rodeó con sus manos y las bajó, le acarició las nalgas. Ella se juntó a su cuerpo y se sobó, como enemiga, contra él. Don José llamó al mozo y le dijo, dános una habitación. Ella se sorprendió y a la vez agradeció que las cosas se dieran tan fácil. Fueron a la habitación y Don José se volvió loco, la besó hasta el infinito. Ella fue inmensamente feliz. Don José luego le ofreció su estandarte que usaba para colonizar tierras extrañas. Ella lo acarició y lo llenó de los más encendidos besos que hubiera dado. Se sintió una hembra completamente animal. Había obedecido a sus instintos. El la poseyó dos veces suficientes para gritar, para desgarrarse. Y ella le juró no dejarlo nunca más. Finalmente se bañaron, se prodigaron las más tiernas caricias y el amor surgió solemne, triunfante, más allá de los prejuicios, más allá de la moral, más allá del alfa y del omega. El amor se había hecho carne y ya habitaba entre nosotros. Eran las cuatro de la mañana, debían irse. Bajaron y cuando se acariciaban en las escaleras tuvieron la tentación de volver a la habitación para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Pero debían salir, tendrían otras oportunidades. Ella le dijo yo voy a salir primero, se encontraron en la esquina, tomaron un taxi, él la dejó en la puerta de su casa y le dijo, tengo celos de que tu marido te haga el amor. Ella le dijo, no te preocupes, él está dormido. Se dieron un beso, de cuento de hadas ya lo dije, y se despidieron. Ella bajó del auto y entró a su casa. Su esposo medio dormido le dijo, y mami, qué tal te fue. Ella le dijo muy bien y sonrió.
CUENTO CORTO : TAXISTA A PLAZOS -A.GUERRÓN O.
Yo soy taxista desde hace 10 años. La empresa donde trabajaba como courier ambulante, quebró y felizmente con mi despedida me dieron una indemnización que me sirvió para comprarme un auto de segunda mano y, así, trabajar como taxista. A los 3 años de rodar con mi auto, unos tipos que no parecían malhechores, me pusieron una navaja en el cuello y me quitaron toda mi fortuna. Me quedé sin la herramienta que me ayudaba a enfrentar la vida con más ilusión. Desde entonces consigo, cada vez que puedo, a alguien que me de en alquiler un auto para trabajar diariamente. Hoy es domingo y quiero trabajar para encontrarme a mí mismo. Ya no tengo a nadie, mis hijos han viajado al exterior y mi esposa me ha abandonado. Me han dado en alquiler un automóvil toyota sedán (a propósito se han dado cuenta que en los suicidios, el detective necesariamente debe buscar el auto-móvil. Esa anécdota es buena, se me ocurrió sólo porque soy taxista) y salí a recorrer la ciudad de Lima para conseguir algunos clientes.
Les diré que las Plazas, más que las calles, siempre me han fascinado, por su belleza, por su forma, por su obligación de aduana del tráfico, por su población absolutamente migrante. Pasé por la Plaza del distrito de San Luis, que une a las avenidas Aviación, Arriola y San Juan. Esta es una Plaza ovoide, bastante descuidada y con unos monumentos poco famosos. Circundé la plaza y fui a llenar el tanque de gasolina de mi carro en un grifo del contorno. Mientras llenaba el tanque, pensaba en cómo se puede conocer una Plaza bastante bien. Y me respondía, poniendo tu humanidad en ella, llorando en la plaza algún amor extraviado, descansando en un día de sol, leyendo el periódico en una mañana de domingo, quedarse allí viendo pasar a los autos, y sobretodo, estar en ella certificando que el mundo da muchas vueltas. Pagué por el combustible, miré el reloj, eran las 9 de la mañana y salí en primera. Avancé una cuadra y volteé en U para regresar a la Plaza. Por alguna razón imánica que no consideré importante transgredir, ingresé a la Plaza e inicié un recorrido que transformaría mi manera de ver al mundo.
Me coloqué muy cerca al borde de la acera de la Plaza y empecé a dar vueltas. Estaba concentrado en el trayecto y de vez en cuando veía a los conductores que pasaban cerca a mí. Pensaba como los destinos de las personas confluyen en un instante y a continuación divergen. Seguí con la segunda, tercera y cuarta vueltas. Nadie se dio cuenta de lo raro de mi camino. Ví las bancas en varios ángulos, a una pareja besándose en todos los perfiles, al monumento que me miraba fijamente, luego con el rabillo de sus ojos y finalmente el monumento me perdía al darle la espalda para a continuación volver a verme. Recién me percaté de cuán importantes son los ciclos. Los edificios de los contornos tenían otros detalles que no había observado en las primeras vueltas, era increíble, parecía que los dueños se apresuraban en cambiarlos en cada redondel que dibujaba. La iglesia de la Plaza era la cajita que engullía personas y luego las vomitaba a borbotones, en un ciclo, casi uterino, sólo que duraba una hora. Yo seguía dando vueltas y aparecían nuevos personajes, un heladero que se estacionaba, que vendía su algidez y que luego iniciaba el éxodo para una vida mejor. Unos jóvenes esperaban un ómnibus de servicio público para que los llevara a una reunión agradable que se adivinaba en la expectativa de sus ojos. En la plaza se quedaban las sonrisas, las ilusiones, las huellas. Por eso es que las Plazas no morían tan fácilmente. Y la gente creía que por las noches, la Plaza quedaba vacía. Nada más falso. Yo veía a los jóvenes que se acercaban y luego se alejaban y al volver a verlos estaban en diferentes órdenes y me preguntaba si eran los mismos o no. Es que el orden importa, yo tenía un orden, tenía un recorrido fijo, yo sabía cómo empecé este negocio pero no sabía cómo iba a terminarlo. Pero yo no lo premedité, que conste, simplemente ocurrió. Yo seguía dando vueltas y poco a poco me convencía que eso era lo que quería y nadie tenía que criticarme por ello. Cuando pasaba por el mismo lugar se me ocurría que no había pasado el tiempo y que no había envejecido. Y eso me seducía tremendamente. Ya eran las tres de la tarde y continué mi recorrido recordando las tantas veces que cumplí ciclos en mi vida, me divorcié dos veces, perdí mi trabajo en tres oportunidades, los ciclos de todos los días que viví, las veces que me perdonaron antes de volver a agredir a mis seres tan mal queridos, los libros que leí en repetidas oportunidades. Seguí dando vueltas y sonreí. Me pregunté, porque no me voy, porque no salgo del ruedo. Ya no podía irme, esa era la pesadilla (¿o la felicidad?) que tantas veces me acosó hasta acorralarme y que hoy tenía la brillante oportunidad de cumplirse. Hay destinos que son circulares y más exactamente, ovoides. Seguí dando vueltas y algunas personas se dieron cuenta de lo absurdo de mi proceder, les resultaba incómodo, les recordaba cuán cuerdos eran y eso, es subversivo. Empezó a anochecer y los espectadores avisaron a otras personas que había un auto con un camino raro con un chofer inescrutable, pero que lo más probable es que estuviera loco. Algunos, empezaron a aplaudir cada vuelta que terminaba o que empezaba, seguro como burla y tal vez, algunos con respeto al señor que sabe lo que quiere y persiste en su senda. De pronto fui famoso, yo era un reality show. Pero se desilusionaban, cuando se percataban que lo mío, iba en serio. Y cambiaron el tono de la alarma, cuando lanzaron el alerta de peligro y avisaron a la policía. Saben, yo no le estaba haciendo daño a nadie, yo me cuidaba de no estorbar al tráfico. Por último, no está prohibido dar vueltas a una Plaza.
La iglesia llamó a la misa de las siete de la noche con sus campanadas tristes. Los fisgones se disponían a detenerme, pero no sabían con quien se habían metido.
Entonces, ví a un camión que ingresaba a la Plaza, aceleré lo más que pude en la primera vuelta, me había transformado en la imaginación de esos trasnochados denunciantes, frenaba poco en las curvas. La gente gritaba y se retiraba prudentemente. Yo, entretanto, no perdía de vista al camión, e inicié la última acelerada para impactar al camión antes que abandone la plaza, justo en una de las curvas. Me enclavé debajo de su chasis, pero el golpe me despistó y con mi auto dí varias vueltas de campana. Los roles de esta frase se invirtieron, y con el tañido de la campana que, lastimera, invitaba a misa, me despedí con vueltas, vueltas y más vueltas.
Les diré que las Plazas, más que las calles, siempre me han fascinado, por su belleza, por su forma, por su obligación de aduana del tráfico, por su población absolutamente migrante. Pasé por la Plaza del distrito de San Luis, que une a las avenidas Aviación, Arriola y San Juan. Esta es una Plaza ovoide, bastante descuidada y con unos monumentos poco famosos. Circundé la plaza y fui a llenar el tanque de gasolina de mi carro en un grifo del contorno. Mientras llenaba el tanque, pensaba en cómo se puede conocer una Plaza bastante bien. Y me respondía, poniendo tu humanidad en ella, llorando en la plaza algún amor extraviado, descansando en un día de sol, leyendo el periódico en una mañana de domingo, quedarse allí viendo pasar a los autos, y sobretodo, estar en ella certificando que el mundo da muchas vueltas. Pagué por el combustible, miré el reloj, eran las 9 de la mañana y salí en primera. Avancé una cuadra y volteé en U para regresar a la Plaza. Por alguna razón imánica que no consideré importante transgredir, ingresé a la Plaza e inicié un recorrido que transformaría mi manera de ver al mundo.
Me coloqué muy cerca al borde de la acera de la Plaza y empecé a dar vueltas. Estaba concentrado en el trayecto y de vez en cuando veía a los conductores que pasaban cerca a mí. Pensaba como los destinos de las personas confluyen en un instante y a continuación divergen. Seguí con la segunda, tercera y cuarta vueltas. Nadie se dio cuenta de lo raro de mi camino. Ví las bancas en varios ángulos, a una pareja besándose en todos los perfiles, al monumento que me miraba fijamente, luego con el rabillo de sus ojos y finalmente el monumento me perdía al darle la espalda para a continuación volver a verme. Recién me percaté de cuán importantes son los ciclos. Los edificios de los contornos tenían otros detalles que no había observado en las primeras vueltas, era increíble, parecía que los dueños se apresuraban en cambiarlos en cada redondel que dibujaba. La iglesia de la Plaza era la cajita que engullía personas y luego las vomitaba a borbotones, en un ciclo, casi uterino, sólo que duraba una hora. Yo seguía dando vueltas y aparecían nuevos personajes, un heladero que se estacionaba, que vendía su algidez y que luego iniciaba el éxodo para una vida mejor. Unos jóvenes esperaban un ómnibus de servicio público para que los llevara a una reunión agradable que se adivinaba en la expectativa de sus ojos. En la plaza se quedaban las sonrisas, las ilusiones, las huellas. Por eso es que las Plazas no morían tan fácilmente. Y la gente creía que por las noches, la Plaza quedaba vacía. Nada más falso. Yo veía a los jóvenes que se acercaban y luego se alejaban y al volver a verlos estaban en diferentes órdenes y me preguntaba si eran los mismos o no. Es que el orden importa, yo tenía un orden, tenía un recorrido fijo, yo sabía cómo empecé este negocio pero no sabía cómo iba a terminarlo. Pero yo no lo premedité, que conste, simplemente ocurrió. Yo seguía dando vueltas y poco a poco me convencía que eso era lo que quería y nadie tenía que criticarme por ello. Cuando pasaba por el mismo lugar se me ocurría que no había pasado el tiempo y que no había envejecido. Y eso me seducía tremendamente. Ya eran las tres de la tarde y continué mi recorrido recordando las tantas veces que cumplí ciclos en mi vida, me divorcié dos veces, perdí mi trabajo en tres oportunidades, los ciclos de todos los días que viví, las veces que me perdonaron antes de volver a agredir a mis seres tan mal queridos, los libros que leí en repetidas oportunidades. Seguí dando vueltas y sonreí. Me pregunté, porque no me voy, porque no salgo del ruedo. Ya no podía irme, esa era la pesadilla (¿o la felicidad?) que tantas veces me acosó hasta acorralarme y que hoy tenía la brillante oportunidad de cumplirse. Hay destinos que son circulares y más exactamente, ovoides. Seguí dando vueltas y algunas personas se dieron cuenta de lo absurdo de mi proceder, les resultaba incómodo, les recordaba cuán cuerdos eran y eso, es subversivo. Empezó a anochecer y los espectadores avisaron a otras personas que había un auto con un camino raro con un chofer inescrutable, pero que lo más probable es que estuviera loco. Algunos, empezaron a aplaudir cada vuelta que terminaba o que empezaba, seguro como burla y tal vez, algunos con respeto al señor que sabe lo que quiere y persiste en su senda. De pronto fui famoso, yo era un reality show. Pero se desilusionaban, cuando se percataban que lo mío, iba en serio. Y cambiaron el tono de la alarma, cuando lanzaron el alerta de peligro y avisaron a la policía. Saben, yo no le estaba haciendo daño a nadie, yo me cuidaba de no estorbar al tráfico. Por último, no está prohibido dar vueltas a una Plaza.
La iglesia llamó a la misa de las siete de la noche con sus campanadas tristes. Los fisgones se disponían a detenerme, pero no sabían con quien se habían metido.
Entonces, ví a un camión que ingresaba a la Plaza, aceleré lo más que pude en la primera vuelta, me había transformado en la imaginación de esos trasnochados denunciantes, frenaba poco en las curvas. La gente gritaba y se retiraba prudentemente. Yo, entretanto, no perdía de vista al camión, e inicié la última acelerada para impactar al camión antes que abandone la plaza, justo en una de las curvas. Me enclavé debajo de su chasis, pero el golpe me despistó y con mi auto dí varias vueltas de campana. Los roles de esta frase se invirtieron, y con el tañido de la campana que, lastimera, invitaba a misa, me despedí con vueltas, vueltas y más vueltas.
CUENTO CORTO : ESTOY MUERTO - A.GUERRÓN O.
Alberto trabajaba en un oficio en extinción, era un detector humano de vibraciones. Durante muchos años y antes de que se inventaran aparatos sofisticados, lo contrataban porque muchos sabían de su extraordinario don de sentir y comunicar las turbulencias internas y aún las más profundas, que percibía al imponer su mano sobre una superficie que podía ser un motor, una estructura de metal, un tubo , un alambique. Informaba a los ingenieros y estos reevaluaban los proyectos porque confiaban en él. Podía decirse que los tuvo en sus manos por mucho tiempo.
Pero el tiempo pasó, la tecnología apareció como una plaga bíblica y resultó más precisa que sus diagnósticos de orfebre.
Una tarde Alberto miró sus manos y descubrió que había perdido la ilusión de vivir, pero no quería una solución sangrienta, simplemente no quería seguir, ya no le satisfacía el sabor de las cosas simples y sintió que ese día debía tomar una decisión. Su voluntad le pareció bastante lógica y pensó, ya no voy a comer. Ya no necesito energía, ya no voy a trabajar, voy a quedarme quieto, completamente inmóvil. Si no me muevo no será necesario que ingiera alimentos. Voy a tratar de no pensar e incluso me voy a deshacer de mis sentimientos y de mis recuerdos. Ya había estado practicando ejercicios de inmovilidad y había sido traicionado por sus párpados y por su tórax. Sus párpados invariablemente batían, cual persianas, la ventana de sus ojos, y no podía evitarlo; así que, como una solución brillante aunque totalmente oscura decidió cerrar los ojos. Y al tórax, pensó, ¿cómo puedo detenerlo ?, podía hacerlo por algunos segundos. Aguantaba la respiración y conseguía un estado de hibernación que deseaba que fuera para siempre y que invariablemente terminara con él en unos instantes. Pero el tórax después de una licencia de algunos minutos, siempre crecía, como el fuelle vital que es, y volvía al punto de inicio una y otra vez.
Alberto se preguntó, para que voy a comer si yo sé que no tengo vísceras, no tengo tripas, no poseo intestinos a los que les sirva el alimento diario que me pueda conseguir. Además que cada vez se ha puesto más difícil conseguir alimento. Definitivamente, ya no necesito comer, no voy a hacerlo también como una forma de protestar contra el mundo. Esto se acabó, ya no voy a comer. Alberto se hizo la última pregunta, yo estaré vivo o estoy muerto. Se desabotonó la camisa y puso delicadamente la palma de su mano derecha sobre su pecho para detectar aunque sea un mínimo latido. No sintió la más mínima vibración, entonces se dio cuenta que estaba completamente descorazonado. Era la prueba que le faltaba. Sacó su mano del pecho , cerró su camisa y dijo, estoy muerto.
Pero el tiempo pasó, la tecnología apareció como una plaga bíblica y resultó más precisa que sus diagnósticos de orfebre.
Una tarde Alberto miró sus manos y descubrió que había perdido la ilusión de vivir, pero no quería una solución sangrienta, simplemente no quería seguir, ya no le satisfacía el sabor de las cosas simples y sintió que ese día debía tomar una decisión. Su voluntad le pareció bastante lógica y pensó, ya no voy a comer. Ya no necesito energía, ya no voy a trabajar, voy a quedarme quieto, completamente inmóvil. Si no me muevo no será necesario que ingiera alimentos. Voy a tratar de no pensar e incluso me voy a deshacer de mis sentimientos y de mis recuerdos. Ya había estado practicando ejercicios de inmovilidad y había sido traicionado por sus párpados y por su tórax. Sus párpados invariablemente batían, cual persianas, la ventana de sus ojos, y no podía evitarlo; así que, como una solución brillante aunque totalmente oscura decidió cerrar los ojos. Y al tórax, pensó, ¿cómo puedo detenerlo ?, podía hacerlo por algunos segundos. Aguantaba la respiración y conseguía un estado de hibernación que deseaba que fuera para siempre y que invariablemente terminara con él en unos instantes. Pero el tórax después de una licencia de algunos minutos, siempre crecía, como el fuelle vital que es, y volvía al punto de inicio una y otra vez.
Alberto se preguntó, para que voy a comer si yo sé que no tengo vísceras, no tengo tripas, no poseo intestinos a los que les sirva el alimento diario que me pueda conseguir. Además que cada vez se ha puesto más difícil conseguir alimento. Definitivamente, ya no necesito comer, no voy a hacerlo también como una forma de protestar contra el mundo. Esto se acabó, ya no voy a comer. Alberto se hizo la última pregunta, yo estaré vivo o estoy muerto. Se desabotonó la camisa y puso delicadamente la palma de su mano derecha sobre su pecho para detectar aunque sea un mínimo latido. No sintió la más mínima vibración, entonces se dio cuenta que estaba completamente descorazonado. Era la prueba que le faltaba. Sacó su mano del pecho , cerró su camisa y dijo, estoy muerto.
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